Ojalá y pronto se extinga en nuestro país una tradición de origen extranjero

Por Sergio Mejía Cano

El pasado viernes 24 de este mes de noviembre en el portal de internet de notisistema.com apareció una nota firmada por el reportero Héctor Escamilla Ramírez, en donde señala que “Otorgan suspensión judicial que impide corridas de toros en Guadalajara”; y el grueso de la nota refiere que grupos ambientalistas obtuvieron una suspensión provisional dentro de un juicio de amparo que prohíbe la realización de corridas de toros en este municipio en tanto se resuelve de fondo el asunto, es decir, que se llegue a sentencia.

Desde luego que esta noticia causó revuelo en la sociedad tapatía con críticas a favor y en contra; pero no nada más en el municipio de Guadalajara, sino que desde otras partes del país se dejaron oír voces encontradas al respecto, sobre todo en el estado de Tlaxcala, una entidad que ampliamente conocida por su gran afición a la denominada “fiesta brava” y, obviamente, por contar con varias ganaderías de toros de lidia en ese estado del sur de nuestro país. 

Pero también se han oído voces de habitantes de la Ciudad de México en donde ya desde hace tiempo también se suspendieron las corridas de toros, por lo que algunas de las voces en contra de esta disposición acompañan en su dolor a los tapatíos que gustan de este espectáculo, por estar padeciendo el mismo dolor.

Sin embargo, muchas de las voces a favor de esta suspensión que, por el momento es temporal, aducen que ojalá y ya de una buena vez las corridas de toros se suspendan definitivamente en toda la República Mexicana, por ser un espectáculo totalmente degradante no nada más para los toros mismos, sino para la humanidad debido a la crueldad con que se martiriza a un toro después de ser burlada su dignidad como ser viviente.

Claro que no faltan las voces que señalan a quienes están a favor de que se prohíban para siempre las corridas de toros que entonces por qué no dejan de degustar de una carne asada, del cocido de res, de las flautas, de las banderillas con trozos de carne de ganado vacuno, etcétera; así como que sigan comprando zapatos, cintos y toda clase de artilugios con base en cuero, piel y baqueta, a lo que se añade también la infaltable crítica de que en los rastros también sacrifican reses y otras especies para el consumo humano, sin tomar en cuenta que irremediablemente existe el uso industrial y comestible; pero que es mucho muy diferente al asesinato cruel y despiadado que se comente en un coso taurino.

Se entiende en cuanto a alimentación se refiere, ancestralmente se tiene la costumbre de comer carne de aves, mamíferos, reptiles, anfibios, etcétera; pero esto es un mal necesario y no como en las corridas de toros en donde debido a la adrenalina que produce el organismo del toro al estar siendo herido y asesinado poco a poco endurece y echa a perder la misma carne e intestinos del toro; no así en los rastros en donde su muerte es inmediata sin darle tiempo al animal de lo que le va a pasar.

Lo triste del caso es que quienes están a favor de las corridas de toros aducen que es “una tradición de arte y cultura”, que es historia de nuestro país y de nuestro pueblo y que, por lo mismo, ya forman parte del patrimonio nacional.

Vaya incongruencia con estas manifestaciones, ¿cómo puede decirse que es arte asesinar cruelmente a un ser viviente y que es historia de nuestro país y de nuestro pueblo? ¿Qué acaso no se comprende que las corridas de toros fueron introducidas en nuestro país debido a una invasión que avasalló la cultura y el arte que se profesaba en la parte de este continente que hoy es México?

Pero más triste aún es que la mayoría, si no es que todos los aficionados a las corridas de toros se dicen “creyentes” precisamente de una religión traída de allende la Mar Océano, creyentes que se dicen respetuosos de diez mandamientos por lo menos de una de esas religiones en donde el quinto mandamiento dice “No matarás”; entonces, ¿con las corridas de toros no aplica dicho mandamiento religioso?

Claro que tanto humanos como otras especies quitan la vida a otras; sin embargo, se hace por alimentación y no por gusto, tal y como lo hace por lo regular la especie humana que, según estudios, la humana es la única especie que mata por gusto y placer y para satisfacer los más bajos instintos, como en el caso de la tauromaquia en donde se le quita la vida a un toro y quienes presencian este asesinato aplauden, se ríen y hasta festejan los torturadores: picadores y banderilleros y al asesino quienes se dicen ser dizques seres humanos.

Sea pues. Vale.

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