RIGOBERTO GUZMÁN ARCE

                                                            EL CINE

                                                     1 DE 2 PARTES

La tarde, siempre la tarde fenomenal de la función de los martes. Tres películas que atrapaban al espectador de balcón y luneta. Bueno, yo en balcón con amigos o solo. Desde la hora de comer iniciaba el rito, la ceremonia para prepararse al intenso viaje al mundo de luz y oscuridad del cine. Hacer la tarea, ir con la abuela para pedirle dinero o buscarlo entre jarros o tazas llenas de pequeños objetos. Tratar de completar los sesenta centavos que costaba el viaje a la alegría y para olvidarse de los nervios de vivir pobre. La odisea íntima que aceleraba el corazón y a punto de salírseme por la boca cuando se escuchaban las campanas de la iglesia de Santo Santiago para recordarme que eran ya las cuatro. Daba vuelta por las calles solitarias y empedradas, las calles sin autos y las casas sin antenas y tinacos. Primero por la Madero y luego cruzaba la Zaragoza para doblar por la Juárez y el Coloso esperaba con su perfil triangular el monumento que veía, calmo y generoso, entrar a generaciones de cinéfilos desde tiempos inmemoriales cuando se convirtió en un arte de asombro y de dos nombres cambiados, Colón e Ixtlàn y el despliegue de la cartelera en la plaza grande para expectación de la gente. Comprar el boleto con la abuelita de Toño en la taquilla y recibirlo en el vidrio con su semicírculo para el espectador. Entregarlo a la siempre receptora mujer bien peinada y pintada con unos ojos tristes, el boleto que lo rompía y lo metía en una urna de madera. Subía corriendo por las escaleras a media luz y el mosaico de pequeños cuadritos, siempre me preguntaba ¿cómo los habían colocado uno por uno? Lo que pasaba es que no sabía nada de albañilería. Nunca supe de qué color eran. Cruzar la región de los orines fermentados disfrazados con cloro barato. Entrar como a una garganta profunda, regresar a un vientre de completa oscuridad; era como cerrar los ojos a la realidad terrible y lacerante y despertar a la imaginación que reposaba entre la profundidad de mis ojos para vivir las historias y los personajes que se agigantaban y arrullaban mis problemas cotidianos. Un fenómeno dulce y extraño cuando la pantalla ya estaba encendida lista para transportarme a los confines de mi gran explosión emocional y sentimental. Buscar en el andador el lugar exacto en las frías y largas bancas de cemento que se asemejaban al teatro griego de las tragedias. Levantar la vista y ser testigo del lanzamiento de la luz donde iban los diálogos, las imágenes en esa trayectoria que me gustaba por sus cambios constantes de colores. Al fondo estaban los operadores y dueños temporales de las películas. Los Emperadores del arcoíris manipulándolo en el universo de los asiduos al balcón. Mujeres con su pareja, el par de compañeros, la colectividad de los amigos y los solitarios. Cada cual con su risa y el trabajo mental que costaban las historias a veinticuatro por segundo. La primera película era una con Antonio Aguilar, de la constante repetición del héroe campirano: Mauricio Rosales, vuelve Mauricio Rosales, la venganza de Mauricio Rosales. Después se iluminaba el lugar para volver a darle rollos a los sedientos de carbón y a los cuatros o cinco minutos comenzaba la siguiente que era alguna de David Reinoso o Rodolfo de Anda. Cuando la historia ameritaba y las emociones eran en cascada, soportaba. La tercera película ya entraba en acción cuando mi cuerpo de ocho años iba directo al sueño en forma fetal en el espacio acurrucador de una banca y la siguiente. De pronto mi reloj interior me avisaba con la alarma que la película en blanco y negro que no vi en ningún minuto, se ponían las siempre tristes y sencillas tres letras del fin. Corría antes de que bajaran las cortinas. Los de arriba y los de abajo nos juntábamos para salir como cuando un viejo cocodrilo lanza su última dentellada antes de dormir. Observaba que los de luneta vestían mejor, sus zapatos y sus relojes lo demostraban. Se sentaban en sillas individuales donde se podían mover cuando se cansaban de las butacas que se flexibilizaban. Me daba envidia. El sueño se convertía en obsesión de entrar alguna tarde para sentarse en butacas de lujo. El camino era rápido porque cuando eran largas las historias, salía uno después de las nueve. Enfrente del cine, el rústico puesto de tacos de Talamantes, la señora de las semillas ya se había ido y también aquel señor alto, el de los duros de grandes rectángulos. El viento arreciaba por las mismas calles del regreso. La familia ya dispersa en la calle Jiménez, unos dormidos, otras con el novio en la plaza Justo Barajas. Mi vaso de leche y a dormir todavía con el cerebro encendido de lo que había visto en esa noche maravillosa cuando un niño disfrutaba pensar que más allá de los cuadernos, las limas, de la abuela existía otra vida diferente a la galaxia Jiménez. Primero él me invitaba porque tenía un mandado con su abuela o con otra persona que laboraba en el cine. Al llegar, lo sonoro te incitaba a entrar porque presentías que la pantalla estaba frenética por la historia que exhibía. Me preguntaba ¿quieres entrar?, pronto respondía, claro. Me sudaban las manos porque era entrar a luneta y ya no era balcón donde a pesar de lanzarle gargajos a los de luneta ya no era emocionante por el frío del cemento y lo incómodo para soportar las tres películas.