A cinco años de la muerte de Diego Armando Maradona, el mundo del futbol vuelve inevitablemente a uno de los episodios que marcaron su carrera y que, para muchos, sintetiza mejor que ningún otro la esencia del “10”: genialidad, rebeldía y polémica. El 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca, Argentina e Inglaterra disputaron los Cuartos de Final de un Mundial que todavía cargaba el peso histórico de la Guerra de las Malvinas. Maradona, en el punto más alto de su carrera, escribió aquel día dos de las páginas más célebres del futbol mundial.
El primero de esos goles fue, como él mismo lo describiría después, obra de “la mano de Dios”. Ni el árbitro, ni las cámaras de televisión, ni la mayoría de los fotógrafos detectaron de inmediato que Maradona había impulsado el balón con la mano. Sin embargo, uno de ellos, Eduardo Longoni, capturó sin saberlo la imagen que revelaría al mundo la verdad del mítico gol.
Paradójicamente, Longoni obtuvo esa fotografía gracias a lo que parecía ser una cadena de infortunios. Aquel día, el tráfico de la Ciudad de México lo hizo llegar tarde al Estadio Azteca, lo que lo obligó a ocupar el peor lugar posible para tomar fotos: tan cerca del poste izquierdo del portero inglés Peter Shilton que prácticamente parecía estar dentro del arco. Esa mala ubicación, sumada a su desesperación, lo llevó a mantener la cámara pegada al ojo en una jugada que —pensó en ese momento— no valía la pena. Pero entonces, como él lo relata, “se levantó un fantasma”.
Longoni apretó el disparador sin comprender del todo lo que había sucedido. Vio a Maradona festejar y escuchó los reclamos de los ingleses, pero jamás vio el contacto con la mano. La tecnología de la época hacía que la imagen capturada fuese justamente aquello que los fotógrafos no alcanzaban a ver con sus propios ojos.
Al enterarse por colegas de que el gol había sido ilegal, decidió revelar él mismo el rollo. En un cuarto oscuro improvisado en las entrañas del Azteca, y usando agua de cafetera, descubrió la fotografía que cambiaría la historia del futbol. Al principio no le dio demasiada importancia; pensó que otros habrían obtenido tomas similares. Pero con los años comprendió que su imagen mostraba lo que la televisión no había logrado capturar plenamente. El Mundial de México 1986 fue así la última ocasión en que una cámara fotográfica superó a una cámara de televisión.
La fama de la foto, sin embargo, fue creciendo lentamente. Longoni, dedicado sobre todo a temáticas políticas y sociales, no dimensionó de inmediato su relevancia. Hasta que un historiador mexicano, Alberto del Castillo, le señaló que aquella imagen no solo era deportiva, sino profundamente política: el acto de rebeldía más grande del jugador más rebelde del mundo. Hacer un gol con la mano a Inglaterra, cuatro años después de Malvinas, adquiría una carga simbólica que trascendía la cancha.
“¿No estás viendo que soy el mayor rebelde de todos?”, imaginó Longoni que la foto le decía. Fue entonces cuando se reconcilió con ella y entendió que estaba ante una de las estampas más icónicas del deporte mundial.
Hoy, a cinco años de su muerte —aquel 25 de noviembre de 2020 en Buenos Aires— Diego Maradona sigue siendo más que un futbolista. Su legado cruza fronteras, épocas y generaciones. Y entre todas las imágenes que lo inmortalizaron, la de “La Mano de Dios” permanece como un recordatorio eterno de quién fue: un genio irrepetible capaz de desafiarlo todo, incluso las reglas mismas del juego.






