La basura espacial es una de las mayores amenazas para la exploración del espacio y la futura colonización del sistema solar. El principal riesgo proviene de los restos de satélites y naves descompuestas que aún orbitan la Tierra, los cuales podrían colisionar con objetos operativos, incluidos otros satélites y naves tripuladas.
José Alberto Flandes Mendoza, físico y jefe del Departamento de Ciencias Espaciales del Instituto de Geofísica de la UNAM, alertó sobre esta creciente problemática en una entrevista con la Gaceta UNAM. Según Flandes, alrededor del 50% de los más de 11,000 satélites lanzados desde 1957 están inactivos y se consideran basura espacial. Esto significa que, de los satélites en órbita, la mitad ya no cumplen su función, lo que incrementa el riesgo de que estos fragmentos se conviertan en un peligro para los dispositivos operativos.
La basura espacial no es un fenómeno nuevo. Desde el lanzamiento del Sputnik en 1957, el espacio se ha ido poblando de restos de misiones espaciales. Un ejemplo notable de la longevidad de estos objetos es el hallazgo en 2002 de un fragmento del cohete Saturno, lanzado en 1969. Este fragmento había estado orbitando la Tierra por más de 30 años sin ser detectado, hasta que un astrónomo amateur lo identificó por error como un asteroide.
Los fragmentos que se desprenden de satélites y cohetes, aunque pequeños, viajan a velocidades impresionantes. Según la NASA, estos pedazos pueden alcanzar hasta 29,000 km/h, lo que los hace siete veces más rápidos que una bala en la Tierra. Esto convierte incluso a los fragmentos más diminutos en una amenaza potencial, ya que un impacto con estos objetos podría dañar naves espaciales en funcionamiento.
Para mitigar este riesgo, Flandes propone una solución conocida como “órbitas cementerio”. Estas órbitas, situadas al menos 235 kilómetros por encima de las órbitas geoestacionarias, servirían para almacenar los satélites fuera de servicio, evitando que estos se conviertan en un peligro para otros objetos en órbita. Los satélites en órbita cementerio quedarían a más de 36,000 kilómetros de la Tierra, mucho más lejos que los satélites geoestacionarios, que orbitan a aproximadamente 35,786 kilómetros.
Flandes subraya que, cuando un satélite queda inactivo, lo ideal es sacarlo de órbita para que regrese a la atmósfera y se desintegre. En caso de no ser posible, enviarlo a una órbita cementerio garantizaría que no representara una amenaza a largo plazo. En cuanto a los fragmentos que ya han regresado a la Tierra, como los de las misiones Apolo, se ha registrado incluso daño ecológico por los restos que caen al suelo, como ha sido el caso en Tamaulipas, donde se han denunciado impactos negativos en el entorno local debido a los lanzamientos de SpaceX.
En resumen, la basura espacial se está convirtiendo en una cuestión cada vez más seria. El 50% de los satélites ya no están operativos, y el riesgo de colisión con naves funcionales es inminente. Las “órbitas cementerio” pueden ser una solución clave para almacenar estos satélites inactivos y reducir los peligros que representan, garantizando la seguridad de futuras misiones espaciales.






