RIGOBERTO GUZMÁN ARCE
INSECTOS
2 DE 3 PARTES
Cuando antes de bañarme entro a Facebook para calmar mis melancolías y saber de mis queridos y recordados sobrinos, exalumnos de diferentes pueblos que hoy en su mayoría radican en la vastedad y soledad de Estados Unidos. Ser parte de sus tristezas y alegrías, una relación fraterna de humanos y conectar el corazón en el pequeño rincón de su celular. Cuando el horizonte se torna nebuloso y el viento ligero irrumpe en el estudio estoy a punto de dirigirme al baño y estoy programado para que en el espacio de azulejo verde y plomizo se encuentre libre de los pequeños conocidos ¿Cuántas generaciones he compartido en este lugar después de trece años? De pronto no hay ninguno y en una abrir y cerrar de regadera están pequeñitos con sus delicadas y exageradamente frágiles alitas. Caminan titubeantes y no se despegan de la pista maloliente. Hay como cinco y otros grandes ensimismados en las paredes o cerca de los jabones. Muerdo el calzón limpio y llevo la toalla al ejercicio higiénico del baño vespertino, de lunes a viernes, los sábados y domingo cambia porque temprano lo hago ante las inevitables salidas a El Rosario o leer los periódicos indispensables cuando son densas las noticias.
Comienza otra vez la función de la tragedia. Reviso cuidadosamente cualquier punto negro cuando ya estoy a punto de abrir la regadera. Hay algunos, rápido distingo si son insectos o parte del paso del tiempo que carcome. Con unos “estropajos” modernos de forma circular y con unos ojos azules y sonrisa de color rojo, afelpado y con sostén. Los alejo de su lugar de la tranquilidad y se me regresan y sigo con los movimientos acostumbrados hasta que después de intensos minutos logro tener el espacio ya libre porque están los testigos en la parte alta de la pared sin azulejo. Abro la regadera leve y tomo el jabón del organizador para iniciar el rito del agua ante el cuerpo que requiere limpieza y la frescura natural ante la temperatura que agobia. Inicia la lluvia personal, vivir un tiempo sintiendo lo primitivo del baño ancestral con herramientas modernas. En eso estoy pensando cuando a punto de abrir más la llave, por reflejo condicionado, pronto cierro porque ya detecté un insecto que está junto en la parte baja entre shampoo de hierbas. Tomo el trapo decorado para llevarlo poco a poco hasta afuera por la barrera de la puerta de plástico verde. Hay uno más enfrente de mí y levanta el vuelo y se dirige a mi cuerpo para su salvación y me quito para que no muera en el continente del jabón desparramado, entre burbujas y plastas del perfume seleccionado marca Lirio. Intuyo que se devuelven cuando tengo los ojos cerrados y se convierte en un manantial de fluidos y ruidos de la maquinaria del agua. Me entristece porque encuentro cadáveres que se lleva los ríos de los residuos, después de cinco minutos que es el tiempo que se consume en este lugar de humedades en la ceremonia intensa para combatir olores y sudores fermentados. Apesadumbrado lucho porque otros no ingresen al cementerio cotidiano de cuerpos con sus alas diseminadas. Es tanto mis rigores que no puedo distraerme ante estos lugares necesarios como el inodoro, el lavabo y la regadera, sinónimos de muerte para los inquilinos que desafían mi ayuda y no se resignan que los aleje de sus lugares preferidos. El colmo de mis batallas para su defensa fue un domingo de tarde oscura cuando la atmósfera presiente que llegan las lluvias, iluminado el baño de la planta baja, estoy feliz disfrutando agua fría ante los rigores del calor cuando se acerca el insecto ante el temblor del tubo de regadera y se acerca vertiginoso a mi rostro, trato de esquivarlo, sin saber que hacer por la sorpresa de su vuelo, porque quedaría muerto al instante y se mete por mi nariz, atontado y maldigo mi suerte…murió dentro de este cuerpo estremecido que en ese instante iniciaba el martirio que fue mi vomitada con los ojos llorosos.
3.-señoritas y señoritos, jóvenes y señoras, hombres y niñas en este instante llegan las hormigas al plato donde desayuno y las servilletas que tibias se preparan para el duelo y acompañamiento con el blanquillo y el tocino, se suben y delatan su presencia porque me fijo en los pequeños movimientos no de una sino de muchas las que durante la noche estuvieron trabajando horas extras para su reserva estratégica del hormiguero urbano como de encantamiento o su estado de extravío. Las miro en sus brusquedades y se me suben por esa mano que lleva trozos del almuerzo y me sacudo y no se van. Se quedan quietas ante la fuerza del viento de mi boca, luego prosiguen su camino nervioso y ya están otras arriba del plato y de la tortilla asustada. Como regios batallones huyen entre los utensilios del servilletero, el florero marchito y la taza de café con leche. Me levanto y hay cientos en el piso en caótica huida. Intento hábilmente no pisarlas y casi me voy por el camino que me guían las sillas del comedor para irme al baño prendiendo las luces por donde voy para evitar sus muertes inútiles. Se multiplican y me hundo en la desesperación y la sordidez de mis problemas con la Colonia que se consolidó en este recinto del amanecer. De nueva cuenta utilizo el cepillo para levantarlas sin brusquedad y ponerlas siempre lejos de las agonías y mis contemplaciones. Lo peor son los encuentros que tengo con ellas en el baño. Tengo que hurgar en cada parte: en el piso y en las paredes, en los huecos de las llaves porque de allí salen despavoridas cuando escuchan el ruido infernal de la apertura del agua; en la parte del tren de trayectoria de las puertas.



