RIGOBERTO GUZMÁN ARCE

                                                  EL CINE

                                             2 DE 2 PARTES

Por fin conocer las sillas que se podían inclinar y no subir las escaleras y el olor al orín y cloro. La abuela Concha desconfiada porque entraba un niño gratis en compañía de su nieto Toñito, aceptaba después de tres ruegos y el ingreso era esplendoroso porque se pasaba por la dulcería y el olor que despedía de palomitas recién nacidas, el olor penetrante de lo dulce y lo salado en el atronador instante que brotaba de la novedosa máquina,  y cruzaba las altas cortinas color tinto para conocer los muros de apoyo para los que alcanzaban y los tres pasillos tentaleando entre las paredes ante la súbita oscuridad de la escena. El pasillo de en medio era más patético porque te la jugabas que alguien al verte indefenso se le antojara darte un aventón o una patada marca diablo protegido en las tinieblas. Y nos íbamos hasta llegar a la butaca y la claridad brotaba para distinguir las siluetas de los presentes. Una maravilla y el encantamiento de la proyección cuando peleaba El Santo, el enmascarado de plata contra el que se le pusiera enfrente, ya fueran momias, zombis, científicos ambiciosos de poder y mujeres vampiros. El estremecimiento porque Santo no llegara a tiempo a defender a los atrapados y se subía a su convertible blanco con su brillante capa para que todos los testigos desde nuestras butacas nos levantáramos y aplaudiéramos a rabiar con la garganta caliente arengando su nombre de batallas: ¡Santo! ¡Santo! y el héroe llevando a todos los empalagosos en su convertible. Soñar que luchábamos y afanosamente queríamos tener una máscara que le rogué a mi abuela Lupe que me hiciera una, pero no sabía en qué idioma le decía.  Las películas del humorismo inocente y bobalicón de Viruta y Capulina que eran nuestros psiquiatras al compás de la música y argumento de malos entendidos. Historias que nos deleitaban el alma blanca y que llenaban nuestras pobrezas y expectativas.  El tiempo no existía porque nuestros ojos y nuestro corazón estaban ocupados. Las historias campiranas de Antonio Aguilar con los personajes moralistas que combatía a los rivales que no querían entender entre cantinas y nopaleras. Siempre iniciando cantando por un algún agreste camino antes de llegar a su destino y en compañía de su chalán. El personaje de El Tejano donde Rodolfo de Anda emulaba la manera de hablar, de actuar y de ganar de los westerns americanos. Yo me sentía él en los juegos de la cuadra cuando amarraba un caballo imaginario en una cantina imaginaria en las banquetas de la Jiménez. Salíamos con los ojos y el corazón adoloridos y con el placer de las butacas y sobre todo salir como la gente adinerada de luneta gracias a Toñito, mi amigo de infancia. Después seguía la matinée de los domingos a las diez de la mañana cuando los clásicos de Walt Disney nos dejaban perplejos por las alegrías consumidas y las lágrimas por la muerte de la madre de Bambi. El deseo inútil de querer volar como Peter Pan. El país de nunca jamás que se convirtió en el sinónimo de escapar de mi pobreza y allá iba volando con mi pantalón roído y mi camisa frágil de color de miseria. No todo era felicidad, porque cuando veía de momias y vampiros, salía como alma en pena corriendo las dos cuadras que separaban del cine a la casa y me iba gritando en la noche azorado. Toñito me invitaba después de la película a que hiciéramos la limpieza de la zona de luneta y el tío “Pedrucho” nos daba entrada gratis para la función de lujo de los domingos en la tarde. Presurosos barríamos las cáscaras de cacahuates y semillas de calabaza. En algunas ocasiones encontrábamos dinero bajo las butacas que el asiento inclinado traicionaba los bolsillos. Me sentía como si estuviera haciendo algo relevante en un gran teatro, me parecía como un coliseo romano, un edificio impresionante para mis ojos de niño. Nos sentíamos importantes en la estructura laboral del cine buscando a las cinco de la 12 tarde a “Pedrucho” para que diera la orden de ingresar como ejecutivos a luneta, pero no, no fue así: nos mandó a balcón.