El sarampión no es solo una enfermedad caracterizada por fiebre y sarpullido, sino una infección viral que puede provocar complicaciones graves, especialmente en niños no vacunados. Una de las más peligrosas es la encefalitis, que consiste en la inflamación del cerebro y puede presentarse durante o después de la infección.
La encefalitis por sarampión, aunque poco frecuente, puede causar síntomas severos como convulsiones, confusión, pérdida de conciencia, coma e incluso la muerte. En los casos en que el paciente sobrevive, pueden quedar secuelas permanentes como dificultades de aprendizaje, problemas motores y daños cognitivos. De acuerdo con datos del CDC, aproximadamente 1 de cada 1,000 personas con sarampión puede desarrollar esta complicación.

Recientemente, brotes de sarampión en lugares como Carolina del Sur, Estados Unidos, han confirmado casos de encefalitis en niños, principalmente en comunidades con bajas tasas de vacunación. Estos brotes han reavivado la preocupación de médicos y autoridades sanitarias sobre los riesgos de la disminución de la cobertura vacunal.
Además de la encefalitis aguda, existe una complicación neurológica aún más grave y tardía llamada panencefalitis esclerosante subaguda (SSPE), que puede aparecer entre 7 y 10 años después de haber padecido sarampión y que suele ser mortal.
La vacunación es la forma más eficaz de prevención. La vacuna triple viral (sarampión, rubéola y paperas) ofrece hasta 97% de protección con dos dosis y permite alcanzar la inmunidad colectiva, reduciendo la circulación del virus y el riesgo de complicaciones graves.

En conclusión, el sarampión es una enfermedad prevenible pero potencialmente mortal. La información y la vacunación oportuna son fundamentales para evitar daños neurológicos irreversibles y proteger la salud infantil.







